Cuevas de Bellamar, de la sorpresa a la fama

Rogelio Serrano
Rogelio Serrano 13 de mayo de 2019

No quedó un pelo sin erizarse en la piel de aquel esclavo, cuyo nombre borró el tiempo. ¡La tierra se tragó la barreta!, exclamó el joven. El mayoral no se espantó menos. La suerte fue que Don Manuel Santos Parga, el dueño de la finca, no se amedrentaba fácil y mandó a cavar en el lugar de los hechos. Ante una leve excavación salió por el agujero un olor repugnante, ¡era la entrada de una cueva!

Parga, entendido en minas, se aventuró a explorar la caverna. Cuando aquilató la magnitud del descubrimiento le sacó provecho y preparó la cueva para visitantes. Sacaron piedras, levantaron escaleras aun en uso, pusieron pasamanos y hasta le puso luz eléctrica. 

Don Manuel o uno de los guías bajo su empleo llevaban a los turistas por los pasadizos de la cueva mientras explicaban lo que estaban viendo.

¿Quién diría que en febrero de 1861, cuando el esclavo perdía la barreta tratando de remover una roca de cal, la suerte le cambiaba a aquella finca? El atractivo turístico de la cueva, que en honor de su descubridor se llamaron originalmente Cuevas de Parga, se tornó peculiarmente famoso.

El nombre actual es en realidad bien longevo, pues hace más de un siglo la gente le empezó a llamar Cuevas de Bellamar, debido a su proximidad con la playa homónima en el oeste matancero.

Otro dato curioso es que el plural del nombre sobra, porque los científicos afirman que se trata de una sola cueva de unos 23 kilómetros de túneles y más de 780 hectáreas de extensión.

Aseguran los especialistas que hace 300 mil años empezaron a formarse las galerías y los pasadizos que antes estaban bajo agua, formando parte de la bahía de Matanzas.

Los movimientos tectónicos provocaron que emergiera esa zona de terrazas marinas que se encuentran en la Atenas de Cuba y sus alrededores. Con el tiempo fueron desaguándose algunas cavidades, y de las filtraciones nacieron impresionantes estalactitas, que a veces se unen formando mantos,  y estalagmitas considerables, que también se acoplan con las estalactitas para formar columnas.

A las Cuevas se entra por la cavidad llamada Salón Gótico, una cámara de forma cuadricular que mide unos 80 metros de largo por unos 25 de ancho.

En este sitio se han nombrado algunas de las formaciones como El Huerto de las Zanahorias, La Capilla de los Doce Apóstoles, Doña Mamerta y el famoso Manto de Colón, que con sus 12 metros de altura la ubican como la más grande formación rocosa de “Bellamar”. Es la más antigua y se presenta en forma de cascada.

Más allá de este salón la cueva se extiende hacia el este y el oeste logrando una longitud que sobrepasa los tres kilómetros de largo; y se sabe que es mucho más grande, con cámaras aun totalmente inundadas.

De hecho, un grupo de espeleólogos descubrieron una estrecha cavidad que los condujo a otra prolongación subterránea de unos nueve kilómetros de longitud. Para sorpresa de todos, encontraron allí galerías de incomparable belleza. Formaciones cilíndricas pendientes de estalactitas y suspendidas en el aire, en cuyos extremos cuelgan un conglomerado de cristales macizos de calcita. Por su dimensión y rareza los entendidos consideraron el descubrimiento como joya exclusiva, pues en ningún otro lugar del planeta se conocen formaciones con semejante cristalería de carbonato de calcio.

Luego, otro grupo de exploradores obtuvo descubrimientos paleontológicos de significativo interés científico, como restos de vertebrados terrestres y aves cuya antigüedad se estiman en millones años.

Sobresalen también sus formaciones cristalinas de aspecto transparente y brilloso, que se originan a partir de geodas llenas de agua. El resplandor de la capa cristalina le da una belleza singular a “Bellamar” a nivel mundial.

Otro de sus encantos son las helictitas, depósitos minerales secundarios con caprichosas formas horizontales, que parecen haberse desarrollado en gravedad cero.

Del susto de aquel esclavo y su mayoral y de aquel ahínco de Don Manuel surgió uno de los encantos más grandes de Cuba, uno de renombre mundial casi desde el día en que abrió sus “puertas” a la fama, las Cuevas de Bellamar.

Por: Rogelio Serrano Perez

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