Gibara, más turística que nunca

Eliecer Cabrera Casas
Eliecer Cabrera Casas 1 de enero de 2018

Rogelio Serrano Pérez

Gibara no es una simple ciudad de Cuba. Es pequeña y extraordinaria. La también llamada Villa Blanca tiene una riqueza en patrimonio y naturaleza poco comunes en el país.

Según los estudiosos fue la Bahía de Gibara el segundo sitio que visitó Colón en la isla. Tan solo un día después de tocar tierra en Bariay, estuvo el Almirante en “Río de Mares”, como apodó a la zona donde se levanta hoy la ciudad, ubicada al norte de la costa oriental de Cuba.

De hecho, para algunos entendidos, cuando Colón avistó tierra el 27 de octubre de 1492 gracias a divisar desde el mar la montaña conocida en la actualidad como “Silla de Gibara”.

Pasarían tres siglos de aquellos sucesos para que se colocara a orillas de la Bahía, la primera piedra de una fortificación para el puerto que ya prometía auge. Así, el 16 de enero de 1817 se considera como la fecha fundacional de Gibara.

El despertar de la villa atrajo a corsarios y piratas, así que apenas cuatro años después de su instauración se convirtió en la segunda ciudad amurallada de Cuba.

Cuatro décadas más tarde la pequeña tenía una población cosmopolita, con marcada emigración europea y americana. Entonces, se consideraba esta región como la más próspera de la jurisdicción holguinera.

A inicios de la Guerra de 1868 muchos simpatizantes de España se mudaron para Gibara, buscando el amparo del sistema defensivo. El incremento poblacional en esta etapa le valió la secesión de Holguín y la creación de un Ayuntamiento propio.

Concluida la Guerra Grande la cifra de habitantes había crecido en más de 5 800 personas, con respecto a las más de 1 700 moradores a inicios de la contienda. La población no paró de crecer entonces y el distrito gibareño llegó a una media de 81 habitantes por kilómetro cuadrado, la más alta del Oriente cubano, incluido el distrito de Santiago de Cuba.

A finales del siglo XIX se inauguró el ferrocarril que multiplicó las potencialidades del comercio. Exportaciones de maderas preciosas y de conchas de carey, producciones de azúcar, tabaco, maíz, plátano, ganado vacuno y porcino… era una noria del progreso. No es de extrañar que en el censo de 1899 la población urbana de Gibara superara en varios centenares a la de Holguín.

Pero durante el siglo XX el puerto fue perdiendo importancia así como el ferrocarril y la situación de socioeconómica de los pobladores empeoró con celeridad, más con el enfrentamiento que en esta ciudad hubo a la dictadura de Machado. Para la década de 1950 a Gibara solo le quedaba su pasado glorioso.

Tras el triunfo de la Revolución se crearon nuevos centros de trabajo que mejoraron la economía local, que retomó las exportaciones con el tabaco. Pero, sin dudas, Gibara ganó notoriedad nacional a partir de ser la sede permanente, desde el 2002, del Festival Internacional de Cine Pobre, que tuvo por presidente al afamado cineasta Humberto Solás, hasta la muerte de este.

Esta fiesta del celuloide asumió en el 2017 el nuevo nombre de Festival Internacional de Cine de Gibara, y nuevas categorías en competencia, aunque entre su programa sigue con fuerza el llamado cine pobre.

Los parques eólicos figuran como otros de los distintivos modernos de Gibara, que lidera en el país la producción de energía eléctrica a partir de fuentes no contaminantes.

Su rica arquitectura, que combina exponentes bien conservados de los siglos XIX y XX con otros del XXI, como las petrocasas, se ajusta a los atributos geográficos (ríos, mar, elevaciones, llanuras) y conforma un paisaje urbano diverso, donde resalta el centro histórico, declarado Monumento Nacional.

Parques, teatro, iglesia, museo… todo evoca un pasado de gloria, que ahora aviva un presente prometedor tras su lanzamiento como destino turístico en la Feria Internacional de Turismo, en mayo del 2017. Bajo esta condición se prevé el aumento en decenas de miles de habitaciones.

Los valores patrimoniales, un club naútico, la cultura y la gente de este magnífico paraje oriental seguirán atrayendo multitudes, para confirmar a Gibara como una seductora ciudad.

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